Cuídate,

sonríete, sedúcete.

Yo también me miro al espejo todas las mañanas y pienso: esto no está en su sitio, tengo ojeras, me gustaría tener el pelo lacio, y si no es mucho pedir, unos quilos menos.

Ese don universal que tenemos para percibir todas nuestras supuestas imperfecciones. Y digo supuestas porque la mayoría de veces son justo ésas las que los demás no ven o, las que, aunque todos las vean, nos hacen irresistibles.

Qué difícil tarea la de apreciarnos tal y como somos. La de observar nuestro potencial y potenciar nuestras diferencias.

Un día decidí jugar. Como todas las mañana delante de mi espejo, aquél que cada día me ve, me mira, me observa e intenta decirme lo bonita que soy, aunque no quiera escucharlo.

Dejé que mi espejo me deleitara con su conquistadora sonrisa, su alquimia y su sutilidad al vestirse de lencería que realzaba su figura. Observé su destreza cuando aplicaba el carmín en sus labios y la simetría entre las ondas de su cabello y las curvas de su cuerpo reluciente tras haberlo acariciado con delicadas cremas. Gestos cotidianos sublimados con lociones. Y por último, esas gotas de bálsamo con el que aromatizó su piel, el olor que lo definía. Su sello. Una rutina que mi espejo la acompañaba con el movimiento de sus caderas, al ritmo de la música matutina. Tentador hábito que instintivamente mimeticé. Me sedujo su singularidad. No era perfecto, pero único. Y de pronto, no sabía si era el espejo o yo. Solo sé que me cautivó. O ¿me cautivé?

Desde ese día, necesito cinco minutos más cada mañana para mimarme. Pero son los cinco minutos que cambian el resto de minutos de mi día. Cuidarse, sonreírse y seducirse es una elección y el pequeño esfuerzo que marca una gran diferencia.

Cuídate, sonríete y, sobretodo, SEDÚCETE.

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      @ornella.petitot

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